No sigas la corriente, aunque creas ahogarte.

Soy Natalia Ossa, estuve 2 años en el Urabá, en la zona rural del municipio de Carepa en la vereda Piedras Blancas y hoy quiero compartirles algo de mi historia.

Natalia Andrea Ossa

Alumni Cohorte 2016

Estudió Historia en la Universidad Nacional de Colombia, fue profesora en Urabá en el 2016 y 2017

Al llegar al colegio empecé a investigar y a aprender mucho sobre diferentes temáticas, métodos de aprendizaje y enseñanza, y la vida rural en general; incluso, por la dificultad de transporte en horas específicas en la vereda, tuve que aprender a conducir moto, cayéndome innumerables veces en carretera destapada.

Llegué allí con la idea de aportar todo lo que estaba a mi alcance para hacer que el futuro de mis niños fuera mejor, que lograran soñar sin miedo, creyendo en sus talentos y capacidades, y trabajando constantemente para alcanzar sus deseos.

Al principio, mientras me conocía con los estudiantes, las clases eran todo un éxito, el comportamiento era excelente. Alguna vez escuché entre los consejos que nos daban ecos de segundo año y alumni que si pasábamos la prueba de los primeros 3 meses posiblemente todo mejoraría de ahí en adelante. En mi caso particular sucedió al revés.

Los primeros 3 meses fueron geniales, me sentía como paseando, en un lugar nuevo, conociendo muchas cosas; pero a partir de ahí empecé a sentir el peso que se carga como docente. Entre planeadores, diarios de campo, pruebas de fin de período, proyectos obligatorios y unidades didácticas, el manejo de aula se convirtió en adelante en mi mayor reto, ya que podría decir que la mayoría de mis clases se salían de control.

Tuve que volverme muy seria, de trato fuerte, empezar a realizar un control riguroso del orden y el comportamiento de cada uno de los estudiantes; implementé diferentes estrategias de premios y castigos, y además el comportamiento tenía una repercusión directa en las notas, con un porcentaje establecido en conjunto.

Nunca logré ser “la ogro” que buscaba, nunca logré infundir el respeto mezclado con temor que esperaba; sin embargo, había cambiado mucho, desconocía el ser en el que me estaba convirtiendo y odiaba obligarme a ser alguien que no quería ser. Sentía que los estudiantes (no todos afortunadamente) me habían llevado a eso, que ellos pedían y exigían que las cosas siguieran igual, que el régimen se mantuviera.

Y así estuve, entre clases tranquilas y mayoritariamente desastrosas durante mucho tiempo, pensando y replanteando constantemente mis certezas y mi quehacer como docente.

En mi segundo año, por decisión propia en conjunto con cosas del destino, terminé viviendo en la vereda, al lado de la estación de policía, ya que a pesar de todas las recomendaciones que me dieron de no vivir allí no encontré otra opción. Y efectivamente un día hubo un hostigamiento a media noche que duró más de 30 min. (aunque realmente lo sentí eterno), yo estaba sola y muerta del miedo, y eso que la palabra “miedo” y “temor” rayan completamente con mi forma de ser y vivir.

Al otro día, los niños contaban la historia y llevaban balas que habían recogido del suelo. Los vecinos de la vereda y compañeros de la escuela, algunos preocupados y otros entre burla nos preguntaban a mis compañeros de ExC y a mí cómo nos sentíamos y si pensabamos seguir viviendo allí. Me ofrecieron sus hogares para dormir por unos días mientras observábamos cómo iban evolucionando las cosas.

Por esos días sentí mucha ira, temor y vulnerabilidad, y noté que no estaba siendo consecuente con la idea que me llevó hasta el Urabá. En ese momento decidí que no quería ser parte de lo mismo, que la violencia estaba normalizada, que los estudiantes estaban enseñados a responder a una especie de orden militar innecesario, que la manera en que se educa actualmente es obsoleta y que aunque todo se me viniera encima, encontraría personalmente mi propia forma de lograr clases con el orden necesario para que todos los niños aprendieran y se sintieran a salvo en el salón de clase.

Me es difícil evaluar las cosas y saber cuánto se logró, y cuáles de las acciones tomadas fueron acertadas o no. Siento que la etapa como docente culminó, aunque sé que para evaluar y evidenciar el proceso haría falta más que 2 años. Sin embargo, actué respondiendo a una necesidad del corazón y creo que esta es una buena manera de guiar nuestros pasos.


Edición Equipo CuenTeach


CuenTeach

CuenTeach

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Traducir