Crónica de aprendizajes en pandemia

Si hay algo que nos ha hecho reflexionar más que nunca en los últimos años respecto de la tarea que cumple la educación eso ha sido esta pandemia (...)
CRÓNICA DE APRENDIZAJES EN PANDEMIA

Jimena Isabel Guerra Santander

Gerente de Impacto Comunitario, Enseña Ecuador, Coordinadora de la zona de Baños de Agua Santa, Tungurahua, Ecuador.

jimenaisabela@gmail.com

El aislamiento y la soledad son factores que usualmente nos hacen pensar profundamente en lo que pasa a nuestro alrededor. De esta forma, hemos reflexionado las preguntas que rodeaban nuestra mente desde hace mucho, pero que no teníamos tiempo de responder o urgencia de hacerlo.

Hemos visto cómo las nuevas tecnologías irrumpen en el aula poco a poco, o a veces rápidamente. Los estudiantes empezaron a llevar sus dispositivos móviles a la escuela. Con las preocupaciones pertinentes, a veces vimos entrar estos aparatos; y otras veces, no supimos cómo usarlos (o ese uso se volvió parasitario). Sin embargo, sabíamos que llegaron para quedarse. 

A principios de este siglo, la difusión de información y conectividad global se incrementó considerablemente. En consecuencia, la aparición de la educación virtual y sus primeras aplicaciones de enseñanza, provocó preguntarse: ¿Cuándo los maestros, educadores, y facilitadores del aprendizaje serán reemplazados por algún software; o por atractivas y personalizadas aplicaciones, o incluso se llegó a hablar de la inteligencia artificial?

Actualmente, en medio de una pandemia global con miles de muertos en el mundo, la educación en casi todo el mundo empezó un nuevo reto. Muchos países en el mundo fueron empujados a ocupar dispositivos móviles que ahora son una herramienta fundamental para la educación (especialmente para los estudiantes que se quedan en sus hogares). Y no es que la idea de trabajar con los celulares o las tablets haya tenido una acogida avasalladora. Han sido las condiciones sociales de nuestros estudiantes, que no tienen computadores, que nos han llevado a hacerlo. Aún así, el uso de estos dispositivos, llegó con una condición dura y excluyente: la conexión. 

Se podría asumir que quien tiene un dispositivo móvil (celular o tablet), tiene conexión a Internet o acceso a una red Wi-Fi. La realidad del grueso de los pobladores es otra. Al contrario, desde mi privilegio de clase media, vi cómo mermó tanto la velocidad de mis datos móviles, como la del internet de mi hogar. Las dificultades crecían, y poco a poco parecía que la capacidad de las redes cercanas no daba abasto a la demanda que se presentaba. Por tanto, la conectividad en zonas de difícil acceso, aquellas regiones no urbanas y con infraestructura menos planificadas y más antiguas, las dificultades se multiplican. 

Sin embargo, muchos docentes mantuvieron comunicación con sus estudiantes. Así, salí de la incredulidad y del pesimismo que quiso atacarme durante la pandemia. Incluso, lograron que se sientan acogidos e interesados por aprender y mantener el espíritu del aula. Además, lograron aquello que los niños a veces no creen que puede suceder: extrañar ir a la escuela; ver a su maestra, comer con sus amigos, y obviamente jugar y socializar con otros. Esto que, los mismos docentes, a veces, creemos casi imposible: mantener viva la educación. Podría decir mucho sobre el tipo de educación que logramos; y si es o no de calidad, pero ese no es un punto que quiera tratar ahora mismo. 

Desde que incursioné como docente me persigue una idea que siempre me motiva a trabajar: “si a través de una de mis clases de hoy, logro que al menos un estudiante se motive a aprender más, e investigar por su cuenta, doy el día por ganado”. No voy a mentir, había muchos días que no sentía que sucediera; pero toda derrota en la vida, y sobre todo en la educación, viene con sus sorpresas. O mejor dicho, con sus aprendizajes. Fueron incontables las veces que luego de sentir no lograr mi cometido diario, me encontraba con evidencias imperceptibles de que había una posibilidad de éxito.

Volví a sentir esas sensaciones en los últimos meses. No, ya no soy docente a cargo de estudiantes; ahora, soy coordinadora, y tengo a cargo docentes que sí tienen estudiantes. Obviamente no estuve en la lucha incansable que ellos enfrentaron. Como mencioné antes, sus historias, sus acciones; sus resultados llegaron a mí, y me sobrecogieron en muchos aspectos que me llenaron esperanzas al sentir que estamos logrando algo grande. Gracias a eso logré ver la luz al final del túnel oscuro y tenebroso que representó trabajar en la educación durante la pandemia. 

El contexto de Ecuador

En un país en el que sólo el 54% de la población local accede a la conectividad móvil (según cita EL TELÉGRAFO de Ecuador). Y, en la que sólo el 31% de los estudiantes ha tenido la posibilidad de conectarse en las regiones Sierra y Amazonía, los docentes a los que acompaño y otros tantos, han logrado muchos hitos. De hecho, educar en pandemia, ya es histórico para países como Ecuador, y aun así ellos fueron más allá. Les agradezco a ellos y a todos los docentes que hasta la fecha no se han rendido. Sus logros no podrían haber sido realizados por ningún software o app tecnológica.

Previo a terminar, quiero mencionar mi perspectiva del futuro de la educación. Puede ser que sí sea más económico, o incluso más viable que el docente deje de ser el centro de la educación. Sin embargo, esta etapa ha demostrado que lo  que hace posible amalgamar el conocimiento con el aprendizaje es la tutorización o diagramación de contenidos.

Esto quiere decir que lo que vamos a necesitar no son docentes con más conocimientos de los temas que imparten. Significa que debemos estar preparados para desarrollar aquellas cosas que no aprenderían con el simple uso del Internet o un libro. 

Finalmente, he tenido tiempo de evaluar ciertas características que considero indispensables para la educación de las nuevas generaciones: empatía, control emocional y máximo esfuerzo. Considero que en estos tiempos de aislamiento un estudiante podría sobrellevar bien la situación con estas tres características. La pregunta es ¿Estamos educando a los estudiantes y les permitimos la auto regulación, o simplemente replicamos una educación de reglas que imponen comportamientos? Tal vez esta pregunta sirva para abrir otro espacio. 

Y tu, ¿Qué piensas de la crónica de aprendizajes en pandemia de Jimena?, dejale un comentario

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