La educación no entra en cuarentena

El 20 de marzo Argentina entró oficialmente en régimen de cuarentena social, preventiva y obligatoria. A partir de entonces, las noticias que antes hablaban de lugares lejanos, de otros continentes, empezaron a reescribirse en primera persona pero con características muy similares…
La educación no entra en cuarentena

Magdalena Fernández Lemos

Directora Ejecutiva Enseñá por Argentina

El 20 de marzo Argentina entró oficialmente en régimen de cuarentena social, preventiva y obligatoria. A partir de entonces, las noticias que antes hablaban de lugares lejanos, de otros continentes, empezaron a reescribirse en primera persona pero con características muy similares…

La información que circula se modifica constantemente, el presente que se describe es incierto y el futuro que asoma aún más imprevisible. Tanto aquí como allá, la única certeza que es constante es el aislamiento, para evitar el contagio y la propagación de un virus que todavía no tiene cura. De ahí que la medida se está prorrogando progresivamente.

Paradójicamente, lo que estamos reconociendo en este contexto de distanciamiento es la importancia del otro. Por eso salimos a los balcones a aplaudir a médicos y enfermeros, por eso se viralizan videos que enseñan a hacer barbijos de protección caseros, y se multiplican las historias de aquellos que están abocando su tiempo y energía a ayudar a los demás.

En tiempos en los que parecía estar ganando la batalla el individualismo más acérrimo, un virus nos obliga a re-aprender lo que ya sabíamos: todos tenemos un papel en esta historia con protagonista colectivo.

El rol docente ante esta nueva realidad

Los docentes no son la excepción. Desde que se anunció la suspensión de clases a nivel nacional en Argentina han estado, de hecho, en el centro de la mirada pública. El tiempo apremia y parece que todo tiene que ser inventado desde cero si queremos lograr que los estudiantes puedan sostener su trayectoria escolar.

En las redes circulan infinidad de imágenes de aulas virtuales en las que los pupitres fueron reemplazados por cámaras que enfocan, en primer plano y miniaturizados, los ojos expectantes, confundidos, a veces congelados de miles de niños, niñas y adolescentes.

Ya es sabido y repetido que en nuestro país la mitad de los estudiantes no tienen acceso a los medios tecnológicos necesarios para continuar su cursada por la modalidad online. Por esto, ser docente en medio de una cuarentena, en Argentina y en muchos otros países, no significa solamente planificar y adaptar contenido para un mundo virtual sino, y especialmente, buscar las mejores estrategias para intervenir en el mundo real.

Esa inequidad solamente potencia y deja en descubierto aquellas otras injusticias que nuestro sistema se encarga de perpetuar. La escuela es, para muchísimos estudiantes, fuente de conocimiento pero también de alimento, contención y refugio.

Entonces, si se pretende alcanzar, en la mejor medida posible, cierto grado de “normalidad” en el proceso de aprendizaje, resulta lamentable que en muchos contextos eso significa que el rol docente no pase por ensayar distintas alternativas de creación de contenido digital.

Ser docente es acercar comida a la escuela y atender los comedores, es pasarse horas hablando con los estudiantes por WhatsApp para asegurarse de que estén bien física y emocionalmente, es escuchar las necesidades de padres y madres y armar redes dentro de las comunidades educativas para encontrar soluciones.

El aprendizaje es constante y debe contextualizarse

Ahora y siempre, ser docente es aprender a contextualizar las prácticas. Así como no funcionan los modelos importados de sistemas educativos exitosos si no tenemos en cuenta nuestra propia realidad y los adaptamos a las necesidades locales, no existe tampoco una única estrategia para enfrentar el desafío que nos impone esta pandemia que pueda aplicarse con los resultados deseados para todos los casos.

Los que trabajamos en educación sabemos que ya hace bastante tiempo esa parece ser una de las preocupaciones centrales: los contextos cambian precipitadamente pero la escuela se mantiene intacta, rígida, enciclopédica. Por supuesto, se observa, los perjudicados son los estudiantes, quienes ya no pueden obtener de esa institución las herramientas necesarias para insertarse plenamente en la vida social y profesional y construir con ellas el futuro que desean para sí.

Aún queda un largo camino por recorrer si queremos alcanzar un sistema educativo equitativo que abrace y acompañe las trayectorias y necesidades diversas de cada uno de los estudiantes, que les permita acceder a los conocimientos necesarios para poder desarrollar plenamente su proyecto de vida y construir así una sociedad más justa. La buena noticia es que ya aprendimos que los cambios son posibles si actuamos con decisión y sentido de urgencia. 

Ojalá cuando miremos hacia atrás en algunos años hablemos de cómo un virus nos hizo perder el miedo, de cómo quedarnos en casa nos movilizó a la acción, de cómo el aislamiento se tradujo en solidaridad. Ojalá este sea el punto de partida que dé inicio a propuestas educativas de calidad para terminar de una vez por todas con el virus que amenaza nuestro sistema educativo: la inequidad.

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